Historia Parte III
 
Papas Catolicos (1724-1774)
Papas Catolicos (1775-1830)
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Bibliografía
Papas Catolicos (1831 - 1903)
Papas Catolicos (1914 - 1959)
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Conclusiones

Historia Parte III
 
EL PAPADO RECUPERA SU ESPLENDOR

San Gregorio I Magno
Los papas del siglo VI prefirieron mantenerse en la órbita de los ostrogodos antes que someterse a los emperadores de Bizancio. Pero a fines de esa centuria y en los primeros años del siglo VII iba a surgir, independiente y prestigiosa, la figura de Gregorio Magno. Durante su pontificado al menos, el papado recuperaría el brillo y el vigor que había tenido hasta el siglo V.

La noble familia romana en cuyo seno vio la luz hacia el año 540, ya había dado a la Iglesia los papas Félix III y Agapito l. A los treinta años, Gregorio, relevante jurista, era ya el primer magistrado de Roma como prefecto de la ciudad. La muerte de su padre le puso pronto al frente de un patrimonio importante y disperso que llegaba hasta Sicilia. Gregorio realizó sus bienes, fundó en dicha isla seis monasterios benedictinos y transformó su propio palacio en convento, en el que se recluyó en el año 575.

El papa Pelagio II, sin embargo, no le dejaría permanecer allí durante mucho tiempo. En el año 579 confirió a Gregorio el diaconado y le nombró su representante en la corte imperial. Una vez en Bizancio, su rigurosa vida monacal no le impidió desarrollar una eficaz labor como legado del papa. Por eso, llegado el momento, el emperador Mauricio defendió con insistencia y vigor su elección para la silla de Pedro como sucesor de Pelagio.

Gregorio hizo lo imposible por declinar ese honor, llegando incluso a intentar una huida. Al fin lograron hacerle entrar en razón. Se rindió ante la voluntad del emperador y del pueblo y, el 3 de septiembre del 590, fue consagrado obispo de Roma.

Bajo su pontificado la teología, el culto, la formación del clero y la expansión del monaquismo conocieron un período de esplendor. Pero lo más apremiante era aliviar la situación del pueblo italiano, cruelmente azotado por las guerras. Para conseguirlo, el nuevo papa llevó a cabo una explotación original y fructífera del importante patrimonio de la Iglesia romana, organizando así la estructura económica de los futuros Estados Pontificios.

Mas el papa vio con claridad que no lograría erradicar la miseria de la población hasta que no terminaran las guerras que la motivaban. En el año 593 se arriesgó a enemistarse con el emperador, y a pasar incluso por traidor a su patria, negociando un armisticio con los lombardos.

A decir verdad, Gregorio, al revés que sus predecesores, no se dejó deslumbrar por el universo cultural greco-romano. Fue el primero en darse cuenta de la importancia que iba a tener para la Iglesia la aparición en Occidente de los nuevos pueblos germánicos. También fue él quien inauguró una política de decidida apertura hacia el Norte y el Oeste. No dudó en establecer relaciones permanentes con los francos de la ambiciosa y feroz reina Brunequilda. Se interesó mucho por los visigodos de Hispania, adeptos del arrianismo hasta que el año 589, con su rey Recaredo a la cabeza, se convirtieron al catolicismo. Sus contactos con Teodolinda, la reina franca de los lombardos, favorecieron un movimiento progresivo de conversiones. Su éxito más importante, sin embargo, se lo brindaron los misioneros benedictinos a quienes envió a cristianizar a los anglo-sajones.

«César -diría más tarde el historiador Gibbon (1737-1794)- necesitó seis legiones para conquistar Gran Bretaña. Gregorio lo consiguió con cuarenta monjes.»

Ahora bien, en aquellos años, y con vistas a consolidar los eficaces resultados que iba obteniendo, era decisivo tener en cuenta los posibles golpes que le llegaran de Oriente. El papa tenía conciencia de que, tarde o temprano, Bizancio se alejaría progresivamente de Roma. Por eso, cuando el patriarca de Constantinopla, Juan IV el Ayunador, transgrediendo el derecho eclesiástico, hizo azotar a dos sacerdotes acusados de herejía, Gregorio tomó abiertamente su defensa y les excusó de toda culpa. El mismo Juan IV, a imitación de los predecesores de Gregorio, que se hacían llamar «papas universales», se autoatribuyó el título de «patriarca ecuménico». Gregorio no se lo tomó en serio, se negó a nombrarlo con tan pomposo nombre y, predicando con el ejemplo, exigió que en adelante se llamara al obispo de Roma «siervo de los siervos de Dios».

Gregorio Magno no tenía la cultura ni la agudeza de pensamiento ni la profundidad de un san Agustín. No sabía la lengua griega. No obstante, aunque sus escritos carezcan de galanura literaria, tuvieron una poderosa influencia en la espiritualidad de la Edad Media. Su Liber regulae pastoralis constituiría el fundamento de toda la formación pastoral y ascética de los siglos siguientes, del mismo modo que su Comentario del Libro de Job lo sería de la teología moral. Ningún escritor cristiano fue más leído que él en la Edad Media. Apoyó decididamente la recién creada Orden de San Benito -a la que perteneció- y dio una determinada orientación al canto litúrgico, llamado por ello canto gregopiano.
Gregorio fue, pues, un hombre de fe, un asceta de una piedad honda y sencilla, hasta demasiado simplista en ocasiones, pero fue sobre todo un hombre de acción. Tuvo el genio de prever, ante la barbarie de los invasores, las fuerzas nuevas e irresistibles que serían los cimientos para construir el futuro. Su apertura de la Iglesia romana aseguró el destino de la cristiandad católica.

Cuando falleció, el 12 de marzo del 604, se creyó que con él desaparecía el «último de los romanos». ¿Acaso no había sido, antes que nada, el primer gran papa de Occidente?


Sabiniano
El diácono Sabiniano, consagrado el 13 de septiembre del año 604, había sido legado pontificio en Constantinopla. Llegó a obispo de Roma con la influencia de Bizancio. En contraste con la fulgurante personalidad de su predecesor, dejaría la huella lamentable de un miserable aprovechado que, en los momentos más sombríos de una época de escasez, vendió a los hambrientos el trigo de la Iglesia a precios usurarios. El pueblo, indignado, no se lo perdonaría nunca.

Al morir, el 22 de febrero del 606, no se pudo impedir que la turba ultrajara su cadáver.

PRIMERA APARICION DEL TITULO DE PAPA

San Marcos

Marcos no tuvo la fortuna de Silvestre. Ninguna leyenda se ocupó de sacarle de su oscuridad. Fue elegido el 18 de enero del 336. Era romano y ocupaba, sin duda, una posición relativamente importante en la comunidad cristiana.

Murió el 7 de octubre. Parece que hizo construir dos basílicas: las de San Marcos y Santa Balbina. A él se remontaría la costumbre de que fuera el titular de la sede episcopal de Ostia quien consagrara al obispo de Roma.



San Julio I

Julio fue elegido el 6 de febrero del 337. ¿Por qué necesitaron los romanos cerca de cuatro meses para dar un sucesor a Marcos? No se sabe, pero tan lenta elección produjo un buen resultado. Julio I dejaría en la historia del Papado una huella bastante más profunda que la de sus dos predecesores.

Fue el primer obispo de Roma a quien se atribuyó el título de Papa, hecho enteramente ocasional que se originó en unas cartas llegadas de Oriente, donde ese tratamiento se daba de ordinario a los sacerdotes, obispos y patriarcas. Aunque era algo inusitado en Occidente, el título de Papa se impondría progresivamente a partir de Julio I y terminaría por quedar reservado en exclusiva al obispo de Roma desde el pontificado de san Siricio en el año 384.

Julio tuvo conciencia de sus prerrogativas y las ejercitó. Le correspondía a él juzgar a los clérigos y prohibió, por tanto, que llevaran sus causas ante tribunales civiles. Por contra, los eclesiásticos tenían derecho de apelar al Papa, por encima de los sínodos provinciales, en cuestiones ímportantes.

El conflicto suscitado por los arrianos proporcionará una magnífica ocasión al obispo de Alejandría, Atanasio, para hacer uso de ese derecho de apelación. En el año 339 este implacable adversario de los seguidores de Arrio había sido depuesto. Fue a Roma a presentar su protesta y reclamar justicia. Julio convocó un sínodo que rehabilitó a Atanasio y condenó a sus acusadores. Pero éstos volvieron a la carga con tal vehemencia que el Papa juzgó oportuno examinar nuevamente la causa y permitió que otro sínodo, reunido en Sárdica, se ocupara de ello. Esta asamblea confirmó la condena anterior. Sin embargo, Atanasio no pudo volver a su sede de Alejandría, ocupada por el arriano Gregorio de Capadocia, hasta tres años después. Todo ese tiempo estuvo exiliado en el sur de la Galia y, al cabo, regresó a su diócesis pasando por Roma, donde el Papa Julio le entregó una carta de recomendación para las provincias de Oriente.

El interés de todo este episodio radica en los argumentos que se utilizaron para apoyar las prerrogativas del primado de Roma, poco antes del sínodo de Sárdica, en el intercambio de escritos que hubo entre Julio I y las jerarquías de Oriente.

«Aun admitiendo y expresando su respeto por el papel preeminente de la sede romana, los obispos orientales niegan a la Iglesia de Roma el derecho de darles órdenes. La importancia de una Iglesia no se mide por la dimensión de la ciudad en que se encuentre. ¿Por qué ha de inmiscuirse el Occidente en las cuestiones privativas de las diócesis de Oriente? Antiguamente, el Oriente aceptó sin discutir las sentencias de Occidente sobre los problemas planteados por Novaciano y Pablo de Samosata. De ahora en adelante será distinto. Y empeñarse en lo contrario supondría la ruptura.»

El obispo de Roma insistió con firmeza: «¿No sabéis que la costumbre manda contar con nosotros, en primer lugar, para que la justicia se administre desde aquí?»

Estos dos párrafos son interesantes porque revelan la concepción que ambas partes tenían acerca de los derechos del obispo de Roma. El Oriente se imagina que el Papa fundamenta su potestad en el prestigio de la ciudad en que tenía su sede. Y el pontífice, por su parte, no apela a su condición de sucesor de san Pedro -que será luego el argumento decisivo- sino, simplemente, a la costumbre.

Después de las tensiones originadas por este enfrentamiento, las aguas volvieron a su cauce... en apariencia. El Papa murió el 12 de abril del 352 sin poder imaginar que el conflicto en torno a Atanasio se recrudecería con mayor violencia en los años siguientes, bajo su sucesor.