Historia Parte IV
 
Papas Catolicos (1724-1774)
Papas Catolicos (1775-1830)
Presentacion Web Historia de los Papas
Bibliografía
Papas Catolicos (1831 - 1903)
Papas Catolicos (1914 - 1959)
Papas Catolicos (1978 - 2005)
Enlaces Integrantes del Grupo
Historia Parte I
Historia Parte II
Historia Parte III
Historia Parte IV
Historia Parte V
Listado Completo de los Papas
Conclusiones

Historia Parte IV
 
SAN PEDRO EL PRIMER PAPA

Simón Pedro, a quien el evangelio señala de forma inequívoca como príncipe de los apóstoles, fue verdaderamente el primer obispo de Roma. El hecho, si no el título, es incontestable. Aunque no existan pruebas directas escritas, la tradición se ha mostrado siempre unánime y firme en tal sentido, sin desviarse jamás. Lo que para la historia tiene tanto peso como un documento contemporáneo de los acontecimientos. Lo único que se posee es una alusión del mismo Pedro en la primera de sus epístolas (5, 13), al mencionar a la «Iglesia que está en Babilonia», símbolo evidente de Roma y sus costumbres, para sus lectores de entonces. Treinta años después, Clemente Romano, al escribir a los corintios, evocará los tiempos en que «Pedro y Pablo estaban entre nosotros». Ignacio de Antioquía en el año 108,,,"Dionisio de Corinto en el 170, Ireneo de Lyon en el 180 y Tertuliano en el 200 afirman, por su parte, que Pedro era el jefe de la comunidad romana. También hacia el año 200 el presbítero Gayo hablará de las tumbas -de los «trofeos» o restos- de los apóstoles en la ciudad del Tíber, situando la de Pablo en el camino de Ostia y la de Pedro en la colina del Vaticano.

No cabe, pues, duda que Pedro vivió en Roma. ¿Como primer papa? Desde luego como vicario de Cristo y cabeza de los demás apóstoles y de la Iglesia naciente, aunque lejos todavía del estereotipo que sugiere hoy la figura de un pontfflce. La palabra papa deriva del griego pappas = padre, y aparece por vez pnmera en una sepultura de la catacumba de san Calixto hacia el año 296 referida al papa Marcelino; el uso de la palabra quedó restringido como título sólo aplicable al obispo de Roma en 384 y su empleo comenzó a generalizarse en el transcurso de los siglos siguientes. ¿Se tuvo conciencia de que Pedro era el obispo de Roma? Sí, en lo que hace a la cuestión de fondo: su primacía indiscutible. Y no, en la acepción actual de la palabra; porque Pedro no se comportaría en Roma como un prelado de hoy imbuido de sus poderes y de su dignidad. Sería más bien un predicador itinerante que un buen día llegó a la capital del imperio y tomó contacto con la población judía. ¿En qué año? A partir del 43, según unos, o después del 49, en opinión de otros. Nada se puede establecer con seguridad, ni la fecha de su llegada ni su forma de vida. Sólo cabe el recurso a la imaginación.

¿Se alojó en la casa de algunos compatriotas, que se estrecharían para prestarle hospitalidad? ¿De qué vivió? Seguramente, del trabajo de sus manos. Quizá ganara su sustento como patrón de barco, en Ostia. Levantar una red, largar la vela, manejar el timón... Al fin y al cabo ése fue su oficio hasta que le llamó Jesús. Pedro no tenía miedo al mar: las tempestades del lago Genesareth no eran más livianas que las embestidas del Tirreno. Pero al acabar la jornada y el trabajo, se reuniría con sus anfitriones, con los vecinos, con sus nuevos compañeros, y sería divertido oírle chapurrear el latín, farfullar un poco de griego o expresarse en su arameo original con el típico acento de su tierra galilea. Incidiría siempre en la misma historia: un tal Jesús, cierto hombre llamado Cristo que había predicado unas cosas muy sencillas y muy verdaderas; un judío íntegro crucificado por testimonios falsos; un muerto que resucita al tercer día para aparecerse por todos lados más vivo que nunca...

Al llegar a este momento de su relato, quizá la gente se sonreiría, o se encogería de hombros un tanto desconcertada... Pero hasta los más escépticos acabarían por prestarle atención. Les atraería la sinceridad de Pedro. Y, conmovidos, terminarían por aceptar la fe, por comprometerse. Seformaría así un primer núcleo que pronto tomaría cuerpo y empezaría a crecer. Así surgiría la comunidad cristiana deRoma.

De tarde en tarde desembarcaría en el puerto de Ostia. Algún miembro de la misma fe procedente de Corinto o de Efeso: buscaba a Pedro para exponerle los problemas existentes en sus respectivas iglesias, para pedirle consejo y orientación. Y regresaría a Oriente con las decisiones del que hacía de cabeza en la Iglesia universal.

En el año 48, o en el 49, fue Pedro a Jerusalén. Allí se encontró con Pablo y Bernabé, llegados de Antioquía; con Santiago y Juan, que habían permanecido en el país, y con algunos otros. Era una reunión importante: nada menos que el primer «Concilio», en el que se iba a abordar el problema de la admisión de los no-judíos. Los gentiles, para hacerse cristianos, no tendrían que pasar obligatoriamente por la circuncisión y las costumbres rituales del judaísmo. Las discusiones fueron tensas en algún momento. Pablo se enfrentó a Pedro con vehemencia a causa de la ambigua posición de éste respecto a determinados puntos en litigio. Pero todo quedó resuelto y acordado, y Pedro volvió a Roma, donde prosiguió la misión de dar testimonio, fortalecer a los suyos en la fe, esclarecer toda suerte de dudas concernientes a la doctrina y... ganarse la vida. Hasta que un día, entre el año 64 y el 67, Nerón, buscando víctimas propiciatorias sobre las que echar las culpas por el incendio de la urbe, decidió sacrificar a los cristianos. Pedro caería en esta primera embestida de las persecuciones.

Fue el primer obispo de Roma y cabeza indiscutible de toda la Iglesia. E hizo su trabajo con generosidad: dar testimonio, fortalecer, unir, servir de guía. Que el título de papa resulte anacrónico en su caso, no tiene relevancia. Pedro fue el jefe de la comunidad cristiana de Roma y el polo de referencia, la «piedra», de todas las demás comunidades.

CONFLICTOS POR LA ELECCION DEL PAPA

¿Bonifacio II o Dióscoro? (530.532)

¿Cómo pudo Félix ser tan ingenuo, hasta el punto de creer que se acabarían las peleas si él mismo nombraba a su sucesor? El clero le hizo saber que no estaba dispuesto a renunciar a sus derechos y justo cinco días antes de la muerte del papa, el día 17 de septiembre del año 530, opuso a Bonifacio el hombre que Félix quería imponer -otro candidato elegido regularmente. Como el pontífíce se había decidido por un representante del partido de los ostrogodos, el clero, al contrario, votó por un bizantino. De este modo, el 17 de septiembre fue elegido Dióscoro de Alejandría, siendo consagrado el mismo día del fallecimiento de Félix en la basílica de Letrán.

Dióscoro, claramente opuesto al monofisismo, abandonó Alejandría en su juventud y, buscando aires más ortodoxos, se instaló en Roma. Sus brillantes cualidades le va.lieron pronto un considerable prestigio y, a lo largo de treinta años, ejerció sobre los papas una influencia espiritual tan manifiesta como beneficiosa. Apoyó a Símaco contra el antipapa Lorenzo; en el 519 fue él quien encabezó la delegación que se trasladó a Constantinopla con la misión de acabar con el cisma. ¿Cómo iba nadie a poner reparos a una elección tan acertada?

Sin embargo, el hecho era que allí estaba el archidiácono Bonifacio -el elegido por el papa Félix-, que tambiién había sido consagrado obispo de Roma por sus partidarios el mismo día que lo fuera Dióscoro. Una vez más Roma se encontraba con dos papas y el cisma volvía a dividir la ciiudad. ¿Quién terminaría por imponerse? ¿Y a costa de qué choques y violencias?

La muerte repentina de Dióscoro, el 14 de octubre, apenas tres semanas después de su elección, evitó los enfrentamientos. Su oponente, Bonifacio, tuvo el mal gusto de declarar anatema al difunto y de obligar a los sesenta sacerdotes que habían elegido a Dióscoro a que firmaran su condenación póstuma. Afortunadamente, cinco años más tarde, Agapito, uno de sus sucesores, quemaría públicamente, como señal de reprobación, aquel desagradable testimonio de la mezquindad humana.

A Roma le costó acostumbrarse a Bonifacio. Por muy romano de nacimiento que fuera, era de padres godos. Y los romanos nunca aceptarían del todo a aquel bárbaro del norte que habían tenido la osadía de imponerles.

Su pontificado, por lo demás, fue poco relevante. Nadie sentiría su final cuando Bonifacio murió el 17 de octubre del 532. También él intentó designar un sucesor, pero los componentes del clero se mantenían vigilantes, dispuestos a evitar que les sorprendieran por segunda vez.


Juan II, alias Mercurio (533-535)

Pasaron diez semanas antes de que Roma tuviera un nuevo papa. Diez semanas de rivalidades, de peleas, que ni el Senado de Roma ni el rey de los ostrogodos, Atalarico, lograron atajar. Sin embargo, llegaron a ponerse de acuerdo en la elección de un candidato, presbítero de la iglesia de San Clemente. El nuevo obispo fue consagrado el 2 de enero del 533. ¡Se llamaba Mercurio!¿Cómo se iba a poner al frente de la Cristiandad a alguien que llevara el nombre del dios de los ladrones? Mercurio se apresuró a tomar el nombre de Juan. Creaba así un precedente que, más adelante, justificaría el nacimiento de una tradición típicamente pontificio: el cambio de nombre de los llamados a ocupar la silla de Pedro.

Apenas se significó Juan II por otra cosa. Desde el año 527 un nuevo emperador, Justiniano, desempeñaba su función con el mérito indudable de actuar eficazmente por la unidad del mundo cristiano en la fe y en la justicia.

El papa Juan murió el 5 de mayo del 535 después de dos años de pontificado. Su sucesor tendría un reinado todavía más breve.


San Agapito I (535-536)

El nuevo papa era hijo de un sacerdote, Gordiano, y procedía de la más alta nobleza romana. Juan II le había nombrado archidiácono de la comunidad de Roma. Agapito fue consagrado el 13 de mayo del año 535.
Tuvo que dejar pronto la Urbe -a instancias del nuevo rey ostrogodo, Teodato- para desempeñar una misión en Constantinopla. El monarca contaba con el papa para llegar a convencer al emperador Justiniano de que debía detener las expediciones de represalia del general Belisario. Efectivamente, Justiniano había decidido vengar la muerte de la regente de Rávena, la princesa Amalasunta, asesinada por su propio primo y co-regente Teodato.

El emperador recibió al papa con los más grandes honores pero no se doblegó: los verdugos de la hija de Teodorico el Grande serían castigados.

Agapito aprovechó entonces su presencia en Oriente para poner en orden los asuntos de la Iglesia y, en particular, para procurar que se cumplieran los decretos del concilio de Calcedonia. Depuso al patriarca Antimo I, elegido por losmonofisitas, y él mismo consagró -hecho único en la historia de la Iglesia- al nuevo titular de la sede de Constantinopia, el patriarca Mennas.

Agapito no regresaría a Roma. Menos de un año después de su elección, el 22 de mayo del 536, murió en Constantinopla. La Iglesia de Oriente, al igual que la de Roma, le venera como Santo.